Ramiro Sinsombra (III)
Al final se les hizo tarde, y Ginés tuvo que soportar entonces los azotes de su madre en el trasero con la zapatilla.
-¡¡ Te he dicho mil veces que no me mientas ¡¡
- Si es que nos entretuvimos en la charca, mamá- gritaba Ginés con la lágrima en los ojos.

- Ya, si, excusas. Como no te pongas a estudiar te vas a quedar castigado hasta que acabes la mili. Nunca serás un hombre de provecho como no estudies.
Ginés conocía de sobra el rapapolvos. Su madre siempre estaba con la misma historia. Tenía siempre la manía de convencerle que si no estudiaba no sería nada en la vida. Pero ¿por qué había que estudiar en la vida? ¿por qué no podía quedarse en su pueblo tranquilamente en la finca con su padre, viendo crecer el trigo el verano, sacando al ganado a pastar? Al fin y al cabo era lo que hacía su padre, y si su madre se había casado con él sería porque no era tan malo dedicarse a esa profesión. ¡Qué manía tenía de que estudiase!
En parte, Ginés, cuando llegaba la noche pensaba en su futuro. Si en verdad estudiaba, tendría que irse fuera del pueblo cuando acabase el colegio. Irse fuera significaba entonces conocer nuevos amigos, vivir con otra familia, romper con la vida que hasta ahora le había tocado y a la que se había acostumbrado.
Ginés no consiguió conciliar el sueño esa noche. Cinco calles más abajo, Ramiro estaba apoyado en la ventana entreabierta de su habitación. Pensativo. Hacía calor y estaba sudando, por lo que decidió abrir completamente la ventana aun a riesgo de coger un resfriado. Su madre no le dejaba dormir con la ventana abierta, siempre le decía "ventana abierta y sudando, mal resfriado y estornudando". Pero esa noche necesitaba respirar. Miró al cielo, a la luna que brillaba.
Después se inclinó y miró a un árbol que tenía frente a su casa. Volvió a recorrer el tronco con su mirada y observó que con luna llena, los árboles tenían sombra. Oyó unas pisadas y vio como se acercaba un hombre hacia su casa. Era su padre. Venía de trabajar en la tierra de Don Gabriel.
Su padre era fuerte, alto y de voz grave. Pero todo lo que tenía de apariencia varonil, en casa se quedaba en segundo plano. La madre de Ramiro era la auténtica cabeza de familia. Ramiro, que sabía que debía dormir y que era de mala educación escuchar las conversaciones de los demás, fue hasta la puerta de su habitación y la entreabrió ligeramente.
- Don Gabriel me comenta que las cosas están algo difíciles en la finca.
- ¿qué ocurre? ¿vamos a tener que mudarnos?
- No lo se. - su padre miraba al suelo. Cogió un vaso y se sirvió un dedo de vino. - no lo se. ¿y Ramiro?
- Duerme ya.
- ¿Sabemos algo de lo suyo?
Su madre que estaba preparando la comida, dejó de pelar la patata que tenía entre sus manos. Suspiró.
- No hay nada nuevo. Esta mañana fui al médico y volvía preguntarse si había alguna noticia nueva de la capital. Pero me dijo que no. Que lo mejor era que no tuviéramos esperanza
Ramiro, se quedó extrañado. ¿al médico? ¿por qué había ido mi madre al médico? ¿qué le ocurría a él que no podían contarle?. Se quedó absorto en la conversación, sin darse cuenta que cada vez estaba más abierta la puerta de su habitación.
- El médico me ha comentado que su caso no es normal. No le encuentran explicación. Un hombre sin sombra,... - soltó una lágrima que se limpió con la toca - que un hombre sin sombra no es hombre. Debe ser cosa del diablo.
Julián, se levantó de la silla y abrazó por detrás a su mujer.
-Tranquila cariño, verás como se arregla. La medicina no lo sabe todo. Y seguro que..
- ¿seguro que qué Julián? - preguntó indignada su madre. - ¿no crees que deberíamos aceptar de una vez que no tiene cura? ¿qué no sabemos si algún día tu hijo tendrá sombra?
- no se trata de no aceptarlo, sino que intento aferrarme a una esperanza que algún día encontremos al menos una explicación. Prefiero morir pensando que podremos verlo algún día con sombra que morir en vida pensando que lo pierdo.
- Déjalo Julián. - Y siguió cortando las patatas, mientras sollozaba. - No lo vemos de la misma forma.
Achus ¡¡ - Ramiro estornudó y rápidamente ante el temor que le hubiesen oído sus padres saltó a la cama y se metió de nuevo bajo la sábana, a pesar de estar muerto de calor.
Oyó como unos pasos subían por la escalera hacia su habitación. El que estaba tumbado mirando hacia la ventana, oyó que alguien abría la puerta y se dirigía hacia la ventana. Con los ojos entreabiertos observó que su padre cerraba la ventana, abierta de par en par. Luego miró a Ramiro y le sonrió en la oscuridad. Se acercó a él y besó su frente. Estiró la sábana y volvió a sonreír.
En voz baja, mientras le arreglaba la sábana, le decía.

- No te preocupes. Todo saldrá bien.
Le acarició la mejilla con su fuerte y áspera mano. Se levantó y salió, dejando cerrada la puerta.
Ramiro, que abrió los ojos de nuevo, oyó como los pasos se alejaban escalera abajo.





