Ramiro Sinsombra (II)
Se quedó pensativo en su récord. "Vaya he conseguido los 16 rebotes". Sonrió.
Decidió acercarse a la charca de las ranas, que así la llamaban dado que existían muchos de estos anfibios. Fue por el camino de tierra que iba paralelo al río. Eran las 5 de la tarde y hacía calor. Este verano hacía calor. Mientras caminaba observaba al pueblo desde abajo, veía las paredes blancas relucientes, que reflejaban el sol de la tarde. Desde abajo podía divisar el mirador que imponente oteaba todo el valle.
Pensó entonces como puede tenerse una diferente visión de las cosas en función de donde te sitúes. Era curioso. Los días que a veces con Ginés y el resto de la pandilla se asomaban al mirador, eran capaces de divisar las grandes dimensiones del valle, incluso podían atisbar el pueblo más cercano. Observaban las águilas e incluso algún que otro buitre. Como daban vueltas y vueltas, ascendiendo por las columnas de aire caliente y buscando alguna presa en el bosque. Desde el mirador, todo parecía en tus manos, era amplia la mirada, pero la sensación era de dominar el mundo. Ahí, en el mirador, la pandilla era quien decidía el devenir de la vida. Era sentirse un Dios.
Desde abajo, el pueblo se echaba encima, Ramiro en ocasiones podía llegar a sentir que el mundo le dominaba, que no era capaz de respirar en un ambiente tan pequeño. Desde abajo se planteaba a menudo si siempre seguiría en el pueblo. ¿Se marcharía alguna vez?
- Ramiro, espera- Se oyó un grito desde atrás.
Ginés, corría por el camino de tierra. - Espera tío.
- ¿qué pasa? ¿No tenías que estudiar esta tarde? ´-
-Bah, he convencido a mi madre. Le he dicho que iba a estudiar contigo y que no volvería tarde. - Ginés puso la mano en el hombro de Ramiro. - ¿has cogido alguna rana?
- No. Iba para allá. Estaba antes en el río tirando piedras. ¿sabes? He conseguido 16 rebotes. - comentó sorprendido.
- Venga, vamos te echo una carrera a la charca.
Salieron corriendo por el camino, levantando polvo. Ginés, en el fondo, era más rápido, pero con el tiempo Ramiro se daba cuenta que podía ganarle, siempre que no esprintase mucho al principio. Era cuestión de mantener el ritmo y sorprenderle al final. Sin embargo, esta vez le volvió a ganar Ginés.
- Agfff. ¡Cuánto polvo! - se ahogaba Ramiro mientras apoyaba sus manos en las rodillas intentando coger aire.
Ginés comenzó a quitarse las zapatillas y la camiseta y se metió en la charca. Ramiro le siguió.
- Hoy tienen que haber un montón por los juncos esos de ahí. - sugirió Ramiro.
El croar de las ranas se oía intermitentemente. Conforme se acercaban, las ranas saltaban al agua huyendo de la cacería que se avecinaba. Mientras Ramiro comentaba.

- Ginés, ¿tú te irás algún día del pueblo?
- Pues no se. Depende de mi padre.
- ¿y eso?
- Pues si me mandan a un instituto fuera o si me quedo a trabajar con mi padre en la finca.
- Ya pero ¿tú qué prefieres?
- No se. Aquí lo conoces todo, y siempre hay faena en el campo. ¿por qué lo preguntas?
- No sé. A veces pienso que algún día debería irme.
- ¿te ha picado un tábano o qué?
- No, no es eso.
- Ah ya, ¿es porque los idiotas estos se meten contigo?
- No lo sé. Dicen que no tengo sombra. Que soy invisible.
Ginés enmudeció. Se quedó dentro de la charca, mirando a los juncos. Sin decir nada. Su mirada estaba perdida. Ramiro le miró, buscando una respuesta. Esperaba que su amigo, su mejor amigo le dijese que no, que era todo mentira, que los demás eran idiotas y que solo lo hacía por reírse. Pero era más. En ese momento quería que Ginés le dijera por qué no tenía sombra y si eso era motivo para salir del pueblo, si al no tener sombra nunca podría casarse, o si nunca podría ir a alguna fiesta de un pueblo como hacían los mayores los fines de semana, o si eso significaba que algún día sus padres no estarían en casa. Ramiro quería respuestas.
Ginés le miró.
- ¿y de qué sirve la sombra? Yo no la uso para nada. - y le sonrió. - Mira ¡¡ que pedazo de sapo ¡¡
Y fueron a cogerlo.





